Alejada del
barullo y las luces propias de las grandes ciudades, un hombre de unos
aproximadamente 55 años, se encontraba arrodillado, solo, sin más que el frio
de la soledad. Pelo largo canoso que se camuflaba con su barba, sin poder, distinguir
con claridad que era cada cosa. Ropa oscura, sucia, algo rota, como desgarrada
en los extremos.
Su integridad
estaba frente a un enorme crucifijo, con la cabeza inclinada hacia abajo, podía
verse como una gota de sudor se desprendía de su frente húmeda y bajaba por su
barba, sus ojos bien apretados, su rostro tenso por la fuerza y concentración
que ponía al repetir su voluntad. Sus manos entrelazadas, apretando con fuerza
esperando ser escuchado.
De repente
como si un rayo cayera desde el cielo e iluminara por completo la vieja capilla,
cambiando ese ambiente frio y ventoso, típico del otoño, por una serenidad y calidez que abrazaba el
lugar.
Una voz clara
y suave dijo…
-
¡Hijo!
estoy aquí escuchando tus pedidos.
-
¡Señor!
Menos mal que has atendido mis penas…
Dijo
entusiasmado, se que estas aquí para escucharme y atender mis suplicas…
-
Como
habrás escuchado necesito dinero, para poder encausar mi vida y poder dar lo
mejor a mis seres queridos
- Te
ofrezco 5.000 dólares a cambio de tus brazos… dijo pausadamente ¡No - señor!, no puedo hacer eso… respondió
confundido.
Mirando al
cielo y con voz temblorosa aclaró: no podre cargar a mis nietos, ni abrazar a
mis hijos… señor no me pidas eso.
- - Te
ofrezco 10.000 dólares, pero por tus piernas
- - ¡Pero
señor!, no puedo hacer eso…
Volvió a
mirar al cielo, y entre silencios suspiró: perdería mi movilidad, mi
independencia, mi libertad para ir de un lado al otro.
- - Te
ofrezco 15.000 dólares, pero voy a pedirte tus ojos
- - Pero
señor…
¡Los ojos no!,
no podre ver más un amanecer, la cara de mi esposa mimándome o las caras de mis
nietos jugueteando, el mar… tantas cosas mi dios.
-
Sabes
lo que pasa hijo… que tu ya eres rico, pero no te has dado cuenta.
Esta historia
fue inspirada en el relato de un amigo.
Lo mío
solamente es un decoro que espero sea del agrado del lector.
Por Lucas
del Vallín
